La trampa del «mascxmasc»: acumular contactos para que nadie vea quién eres por dentro

Hombre pensativo en una cafetería de Barcelona reflejando la coraza del mascxmasc y el miedo a la intimidad

De golpe recuerdas tus quince años: vigilando cómo te movías, impostando la voz al hablar y escondiendo cualquier gesto con las manos para esquivar las burlas en el instituto. El entorno te enseñó pronto una regla de supervivencia: todo lo que rozara la feminidad o la «pluma» te colocaba en el centro de la diana.

Creciste midiendo cada movimiento, aprendiendo a ocultar partes de ti y renegando de lo que sentías para encajar en un molde ajeno. Aquella adolescencia a la defensiva fue un tiempo robado, y de adulto el cuerpo intenta saldar la cuenta viviendo como si no hubiera un mañana.

La ilusión de la abundancia: coleccionar para no profundizar

Esa urgencia por recuperar los años perdidos suele traducirse hoy en una búsqueda incesante de estímulos. Llenas la semana de citas, encadenas conversaciones en aplicaciones y abres diez frentes a la vez. ¿Te suena?

Tener muchos contactos a mano crea el espejismo de estar viviendo intensamente, pero si te detienes a mirar lo que ocurre por dentro, el mecanismo es el contrario: te relacionas desde el volumen para no correr el riesgo de implicarte a fondo con nadie.

Mantener los vínculos en la superficie evita que tengas que bajar la guardia. En el momento en que alguien despierta un interés genuino y la interacción exige cercanía, el cuerpo reacciona en alerta. Entonces llega el descarte fulminante. A la mínima diferencia, en cuanto el otro muestra algo que no encaja a la perfección o cuando la conversación pide presencia, cortas el contacto. Aprendiste que la intimidad conllevaba peligro: que cualquier vínculo que fuera más allá de la imagen que aprendiste a proyectar te ponía de nuevo en riesgo. Hoy prefieres marcharte antes de exponerte al conflicto.

La masculinidad como escudo y la trampa del «mascxmasc»

Esta dificultad para profundizar también condiciona la manera en que miras a otros hombres. Es el eco directo del patio del colegio: aquel espacio donde vimos con total claridad que la masculinidad hegemónica —la esperada, la que cumplía el canon normativo— era celebrada y aplaudida, mientras cualquier otra forma de ser y estar era inmediatamente corregida, castigada o sometida a la burla.

Rechazar la feminidad en ti mismo y en quienes te rodean fue un aprendizaje de supervivencia; una misoginia y homofobia interiorizadas que te sirvieron para pasar desapercibido y ganar calma y seguridad cuando eras vulnerable.

¿Y cómo se pone en juego todo esto hoy en tu día a día?

Se nota en la vigilancia constante sobre tu cuerpo, en la ropa que te permites llevar, en cómo mides tus ademanes en el trabajo o en el juicio automático hacia quien tiene pluma. Se nota en tu deseo: en convencerte de que solo te atraen tíos que «no lo parezcan». E incluso en cómo se configuran las relaciones dentro del propio colectivo, donde se normalizan grupos cerrados de amigos exclusivamente «mascxmasc» que excluyen cualquier rastro de feminidad. Sin darnos cuenta, terminamos reproduciendo entre nosotros la misma jerarquía que nos dañó en la adolescencia, utilizándola como una protección aprendida para asegurarnos de que nadie volverá a ponernos en el punto de mira.

Comprender tu forma de vincularte a tu propio ritmo

En mi espacio de acompañamiento Gestalt en Barcelona (y en modalidad online), no trabajo con discursos morales sobre cómo deberías relacionarte ni con etiquetas sobre tu vida afectiva.

Mi labor consiste en ayudarte a poner conciencia sobre esa prisa continua, comprender por qué el descarte rápido o la exigencia de dureza te sirvieron para protegerte en tu historia, y acompañarte a construir relaciones donde la cercanía no se sienta como una amenaza.

Si quieres, pide tu sesión de valoración gratuita de 10 minutos por videoconferencia. Conversamos con calma sobre el momento que estás viviendo y vemos si el acompañamiento individual te puede encajar.

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