Te sientas frente al ordenador el primer día de septiembre. Apenas has abierto la bandeja de entrada y ya notas la opresión en el pecho. La mandíbula se tensa de golpe.
No es solo el volumen de tareas pendientes. Es la anticipación. Piensas en la gran cantidad de energía que te va a exigir el día. En seguir el ritmo, responder a lo que esperan de ti y demostrar que puedes con todo.
Socializados para rendir y no fallar
Hemos crecido en una cultura que mide nuestro valor por lo que producimos. Nos enseñan a responder siempre y a no mostrar dudas.
Para muchos hombres GBTIAQ+ y masculinidades diversas, esta exigencia funciona como una protección aprendida. Ser impecables, eficientes y resolutivos fue la manera de ganar calma. Un recurso para evitar que nos cuestionen terceros y sentirnos seguros en entornos competitivos.
El desgaste de la autoexigencia
Unas semanas de descanso frenan la rutina externa. Sin embargo, dejan intacta esa inercia interna.
Al volver a la oficina, el cansancio aparece antes de empezar. Ocurre porque te anticipas al esfuerzo continuo. A la tensión de mantener la guardia alta, no mostrar dudas y cargarlo todo a solas. Tenerlo todo bajo control sirvió en su momento para protegerte. Hoy, simplemente, genera una tensión constante que pasa factura.
Comprender tu forma de funcionar
En mi espacio de acompañamiento individual no busco darte pautas de productividad para encajar mejor. Te ofrezco un entorno relajado en Barcelona centro u online para comprender tu forma de funcionar. Un lugar donde aflojar la autoexigencia y empezar a relacionarte contigo desde un punto con menos tensión.
Si sientes que este inicio de septiembre es el momento para hacer esa pausa y dejar de cargarlo todo a solas, el primer paso puede ser tan sencillo como conversar brevemente.

